Despertando como de un
sueño la conciencia,
me di cuenta de que si
bien las palabras que escribia eran mias,
el libro negro sobre el
cual azaroso las imprimia no lo era,
aquella a la que yo el
libro guardaba,
y al tiempo para quien
dedicado lo escribia,
con tomar en mi mente
presencia habia hecho y de seguro haria,
de mi escritura la mejor
aldaba,
guardiana y defensora de
nuestra para el cosmos solitaria esfera,
tantas caricias esperaba
reservarle como las que por costumbre le ofrecia,
tonto de mi, que solo al
dia aporte para contigo impaciencia,
ignorando por completo la
dulzura de la burbuja
que junto al cobijo de
tus alas cada amenecer arrecia.